En ese entonces nadie trabajaba para preparar un proyecto concursable o una exposición a largo plazo. Éramos un grupo de artistas plásticos con ganas de aprender a hacer grabado. Todo era trabajo y corazón alrededor de una taza de té.
Dinora, pilar fundamental, tenía en su gran cuaderno anotados todos los secretos de tal o cual barniz, usar una u otra almohadilla para proteger o agredir la plancha de cobre.
Roser veía con claridad la obra de cada uno y opinaba con certeza el camino a seguir. Más tímidos; Hormiga, Eduardo, Pedro, Florencia, Jaime o Montserrat se unían a la experiencia. También llegaron en esa época las primeras alumnas de la Escuela de Arte; Teresa Gazitúa, Francisca Sutil, Carmen Aldunate y otras. Todos teníamos un respeto mutuo por la obra de cada uno, sensibilidades afines.